RUMI
parece estar danzando;
aquéllos con ojos comunes
sólo los verán fijos e inmóviles.
14 sept 2011
5 oct 2010
¿Todos los problemas vienen del rechazo?
“El alma es la conciencia del colectivo”
Joan Garriga, psicólogo
Joan Garriga es psicólogo humanístico y está especializado en Terapia Gestalt y PNL. En 1986 creó, junto a Vicens Olivé y Mireia Darder el Intitut Gestalt de Barcelona, desde donde desarrolla su actividad como terapeuta, formador y supervisor de terapeutas gestálticos y especialistas en PNL. También es uno de los principales exponentes del trabajo sistémico sobre constelaciones familiares.
En la siguiente entrevista publicada por El Periódico de Cataluña el 17/12/2008, Garriga nos expone varios conceptos muy interesantes: la aceptación de las dificultades de la vida como oportunidades de crecimiento, y las constelaciones familiares como terapia para alcanzar una mayor comprensión de los lazos que nos unen a todos, quizás sean los más importantes.
No obstante, me parece muy importante una noción que deja apenas dibujada: al final, llega un momento en que tenemos que decidir si determinadas ideas sobre la realidad que vivimos son “extrañas”, o “útiles”. Y es más que cierto.
Llega un momento en la vida en que tenemos que decidir si vamos a aceptar sin más lo que nos cuentan, la verdad establecida, o si vamos a abandonar la comodidad de la mentira y el autoengaño y vamos a intentar buscar por nosotros mismos la, muchas veces, “extraña” verdad.
Porque, por muy extraña que sea, la verdad siempre acaba siendo más útil que cualquier cómoda mentira.
Os dejo con la entrevista.
¿Todos los problemas vienen del rechazo?
Sin duda alguna. La realidad es imperativa, se impone y tiene su magisterio. Pero hay personas que logran integrar la realidad y convertirla en aliada, aunque les haya traído cosas difíciles o dolorosas.También hay personas que niegan la realidad.
Están las que piensan que sus padres deberían haber sido de otro modo y también las que consideran que no deberían tener unos sentimientos o una enfermedad determinados. Estas personas gastan mucha energía para oponerse a la realidad, y es una energía perdida, porque nada podemos decir o hacer ante lo que ya fue o ante lo que ya es. Alguien que ha perdido a un ser querido y se pasa toda la vida lamentándose utiliza mucha energía para la queja, para el lamento, para la amargura. En cambio, hay otras personas que aceptan el dolor, lo integran, y a partir de ahí tratan de llevar una vida con mucho sentido.¿Y si me roban la moto?
Lógicamente, no aplaudirás. Al principio te enojarás, pero al cabo de un rato asumirás que no es el fin del mundo y que en cuanto puedas te comprarás otra. Quejarse, irritarse, es lógico, pero no tiene que convertirse en una constante, en una actitud, porque entonces la vitalidad de las personas disminuye.¿Qué quiere decir?
La energía es una, y la podemos orientar en una dirección o en otra. Solo hay dos direcciones hacia donde orientar nuestra energía: hacia la vida o hacia lo que es menos vida. Y todo lo que es menos vida es muerte. Hacia la vida es creatividad, bienestar, fertilidad.Aceptar no es resignarse.
Nada que ver. Aceptar incluye una tarea muy activa: enfrentar la realidad para lograr integrarla. Y la aceptación, la mayoría de las veces, no es inmediata. A veces, ante lo que parece difícil o negativo, se abre un espacio de luz. Por ejemplo, un amigo que tenía un puesto muy importante en una gran empresa perdió el trabajo. Podría haberse amargado para el resto de su vida.¿Y qué hizo su amigo?
Lo aceptó. Al cabo del tiempo me contó que en realidad ya no le gustaba ir a trabajar allí y que hacía mucho tiempo que no le interesaba ese trabajo. “Ahora tengo caminos nuevos, y experimento una ligereza y una libertad que no tenía antes”, me dijo. La vida a veces nos da un zurriagazo para enderezarnos.¿En qué consisten las constelaciones familiares?
Es un método para comprender y solucionar dinámicas familiares. Sirve para deshacer cargas familiares y para hallar el origen de enfermedades que tienen conexión con enredos sistémicos. La constelación permite comprender las dinámicas familiares que determinan y mantienen un problema y permite orientarlas para que pueda hallarse una solución.¿Existe una mente colectiva?
Además de la mente personal, estamos recorridos por una conciencia colectiva que engloba a todas las personas que se encuentran vinculadas por lazos sanguíneos, de amor o por destinos compartidos. Funciona como un ente común, con leyes que determinan el comportamiento de las personas. Una de las leyes es que, en un sistema, aunque lo pretendamos con nuestra mente pequeña, no se admiten los excluidos: no se admite el desamor, los rechazos.Un ejemplo, por favor.
Un hombre se separó de su primera mujer despreciándola profundamente, injustamente, y ella se quedó muy enojada. De este episodio hace muchísimo tiempo, pero ahora la hija de ambos tiene unos sentimientos muy duros contra el padre. Esta hija, de manera invisible, representa a esta primera mujer del padre.Una idea un poco extraña.
Sé que son ideas un poco extrañas, pero también nos enfrentamos con muchos problemas que parecen inexplicables. Hay momentos en que uno tiene que decidir si las ideas tienen que ser o no extrañas, o si tienen que ser o no útiles. Yo he visto personas que encuentran mucho alivio cuando descubren que estaban conectadas de forma invisible con un hermano que murió o con las cargas y las culpas del abuelo en la guerra civil.¿Y dónde queda el margen de libertad individual?
Todas las personas lo tienen. Pero la ley que actúa sobre los sistemas familiares dicta que todo lo que es tiene derecho a ser y a ser reconocido. De ahí viene la importancia de reconocer lo que somos, y lo que son, y amarlo.¿Qué es para usted el alma?
La mayoría de la gente se imagina el alma como una sombra o un espíritu que está dentro del cuerpo, pero no es así. El alma, para mí, significa lo que nos conecta, lo que nos pone en sintonía con los demás, lo que hace sinapsis con otra persona o con el grupo. El alma es la conciencia del colectivo.
Vía entrevista: El Periódico
Página Personal: Joan Garriga
Blog Alternativo: http://www.elblogalternativo.com/2009/10/20/joan-garriga-psicologo-quejarse-baja-la-vitalidad-de-las-personas/#ixzz11TNduaAB
26 sept 2010
15 sept 2010
Posibilidades y límites de las Constelaciones Familiares
Para eso quiero definir brevemente dónde ubico las Constelaciones Familiares según dentro del paisaje terapéutico. Forman parte del enfoque sistémico en la psicología, y más concretamente en la psicogenealogía, llevándolo a un nuevo peldaño. La terapia sistémica tiene sus bases – teoría, comprensión y aplicación - gracias el trabajo realizado a partir de los años treinta por Jakob Moreno, Gregory Bateson, Don Jackson, Margaret Mead, Murray Bowen, Salvador Minuchin, Ivan Boszormenyi-Nagy y Virginia Satir, entre otros.
Las Constelaciones Familiares tienen sus bases en la comprensión sistémica y en una percepción fenomenológica. Esto quiere decir que se mira al individuo dentro de su contexto familiar, que se define básicamente por las ultimas cuatro generaciones, hasta los bisabuelos. La comprensión sistémica entiende que entre los miembros de un sistema familiar existe una red de interacciones que hace que asuntos no resueltos en una generación se pasen a la próxima o a la siguiente generación. Aquí hay una aproximación al Análisis Transaccional respecto al “guión de vida”, ampliando la visión de las posibles causas que motivan la conducta de una persona. Con la terapia sistémica familiar comparte naturalmente muchas comprensiones, como por ejemplo la distinción entre paciente aparente y paciente verdadero o la comprensión del problema individual como un intento de solución del sistema. La percepción fenomenológica sirve para deducir desde la observación en el momento actual, tanto del cliente como de los representantes dentro de la Constelación, cual es la dinámica de fondo en el sistema familiar, y cual podría ser el próximo paso para el cliente. En las Constelaciones Familiares no existe un canon prefabricado de intervenciones terapéuticas posibles que se aplique “mecánicamente”. Este enfoque en el momento actual se parece al “aquí y ahora” de la terapia Gestalt.
El marco para una Constelación Familiar es normalmente un taller de grupo, o una sesión individual con el constelador. En ambos marcos se muestra una característica de este método: es una intervención terapéutica puntual, no es un acompañamiento al cliente durante un periodo de tiempo. Los procesos internos de una persona van despacio y necesitan su tiempo, a menudo años. Una Constelación Familiar puede dar un impulso concreto que inicie este proceso, que lo empuje o, a veces, que lo concluya, como una experiencia potente y movilizadora. En este sentido es un método terapéutico dentro del abanico de intervenciones terapéuticas, pero no es una psicoterapia propia cuya característica básica es que acompaña y cuida el proceso terapéutico del cliente a lo largo del tiempo. A la vez la participación en un taller de Constelaciones es compatible y enriquecedora para personas que reciben un tratamiento terapéutico con cualquier otro enfoque.
De allí surge la necesidad de que el terapeuta que trabaja con el método de las Constelaciones Familiares tenga una sólida formación terapéutica de base en alguna rama de la psicología. Sólo de esta manera tiene la experiencia y la visión necesaria para poder entender en que momento se encuentra el cliente, y manejar de forma competente los procesos de sus clientes que se muestran en los talleres.
Un cliente en un taller de Constelaciones Familiares puede presentar una demanda, que:
* tiene que ver con un enredo sistémico familiar.
* tiene que ver con una falta de desarrollo de sus recursos propios.
* tiene que ver con un trauma personal.
En el primer caso, cuando se trata de un asunto de relación con otro familiar, de una pauta familiar o de una herencia sistémica, y cuando el cliente muestra la suficiente actitud de responsabilidad hacia su propia vida, entonces una Constelación Familiar le puede ser útil.
Pero si se trata de una falta de desarrollo de un recurso propio del cliente, como por ejemplo la confianza en sí mismo, o de un comportamiento neurótico debido a su respectivo rasgo de personalidad, entonces una Constelación Familiar no le va a servir a la persona, sino que más bien le despistará, llevando su foco de atención hacia su sistema familiar en lugar de ponerlo en sí mismo. En este caso le sería más útil una terapia individual o la participación en un grupo de crecimiento personal, donde puede aprender a desarrollar sus recursos y afianzarse en ellos practicándolos.
Tratar un trauma personal sufrido por alguien es delicado y laborioso, requiere una formación específica y experiencia, a la vez que un trato delicado con el cliente por parte del terapeuta. Un proceso terapéutico, tratándose de maltratos o de abusos sexuales por ejemplo, requiere su tiempo, porque, como si de pelar una cebolla se tratase, el cliente sólo puede adentrarse en su trauma paso a paso para sanarla. Esto hay que tenerlo todavía más en cuenta cuando se trata de experiencias traumáticas repetidas. Un terapeuta ambicioso que quisiera resolver un trauma en un solo trabajo haría más daño que otra cosa. En este contexto una Constelación tiene sentido cuando la persona ya ha elaborado su experiencia traumática hasta cierto punto y no antes para evitar que la Constelación le retraumatice o le desestructure. Podría servir más bien como uno de los pasos finales en su proceso de sanación. En los talleres he desarrollado una forma específica de trabajar con clientes que han tenido experiencias traumáticas, que les protege y les sirve como un acto sanador a la vez.
He tenido buenas experiencias trabajando con personas que habían sufrido la perdida de un ser querido de forma repentina o temprana. También resulta ser reconciliador para mujeres que perdieron un hijo durante el embarazo, sea de manera provocada o natural.
Entonces se puede decir que las Constelaciones Familiares no son un acompañamiento de un cliente en su proceso terapéutico, ni valen para desarrollar los recursos propios del cliente.
Las Constelaciones Familiares sirven cuando el cliente tiene una dificultad que tiene su origen en un enredo con su sistema familiar. Esto puede ser su relación con algún miembro de su familia actual o de su familia de origen, una pauta que se repite en su vida y que tal vez ya se mostró en la vida de otros familiares, la sensación de estar desubicado en la familia o en la vida, una tendencia hacia la muerte, una adicción, a veces una enfermedad psíquica o física, etc.
Dentro del tratamiento de una adicción puede ser adecuado utilizar el método de Constelaciones Familiares en un momento concreto para agilizar el proceso del cliente. Se ha mostrado que una adicción como al alcohol a menudo tiene que ver con una dificultad en las relaciones de la persona adicta con sus familiares, sobre todo por el lado paterno.
Compleja es la cuestión de las enfermedades mentales que a menudo tienen su origen en un cúmulo de enredos sistémicos. Según las dinámicas observadas en el trabajo con Constelaciones a lo largo de los años una persona psicótica suele estar identificada con dos personas de su sistema a la vez, un perpetrador y una victima suya que todavía no están en paz, lo que hace que estas energías tan opuestas se mantengan vivas en el sistema y se manifiesten en una misma persona, causando la psicosis. A través de las Constelaciones Familiares se puede conseguir al nivel sistémico que estas energías dejen de fluctuar en el sistema familiar, y esto produce un cierto alivio en las personas afectadas. Pero sería presuntuoso pensar que las Constelaciones por sí solas podrían sanar algo en estos terrenos. Habitualmente hay varias dinámicas distintas que influyen en una persona psicótica a la vez y que se entremezclan entre si. Requieren un proceso terapéutico espaciado y pausado, y un conjunto de intervenciones, tanto en el tratamiento terapéutico como en la alopatía, llevado a cabo por los profesionales especializados de la sanidad.
Aunque a veces ocurre que para un cliente una Constelación marca un antes y un después en su vida, lo normal es que le sirva más bien para hacer un pequeño paso en algún terreno difícil de su vivir. Esto también explica que muchos participantes en un taller de Constelaciones ya hayan hecho alguna Constelación con anterioridad. No existen las “grandes soluciones”. Es decisiva la capacidad del cliente de “digerir” un trabajo personal, su presencia, su responsabilidad, su independencia, sus recursos para sacar provecho de una Constelación propia. A la vez observo una y otra vez como, solamente participar en un taller de Constelaciones Familiares sirve a las personas, y hasta qué punto les enriquece y educa respecto a su vida. Esto es porque finalmente no somos tan diferentes los unos de los otros como a menudo queremos pensar. Viajamos todos en el mismo barco por la vida, y los problemas de los unos se parecen a los de los demás. “Soy humano, y nada humano me es ajeno”, observó ya Terencio, un escritor de comedias en la antigua Roma. Tiene toda la razón.
Para trabajar un asunto personal a través de una Constelación es fundamental que el cliente tenga un problema serio, que algo le duela de verdad. “No meto mis dedos en algo que funciona”, digo de vez en cuando en algún taller. Hacer una Constelación por curiosidad o “por si acaso” no tiene ningún sentido. También hay que tener en cuenta lo que ya dijo el sabio filósofo chino Lao Tse, que “el momento adecuado determina la calidad del movimiento”. A veces es necesario esperar hasta que llegue el momento oportuno, sin empujar el río, ni tampoco frenarlo.
En España fue el Instituto Gestalt de Barcelona, el que en 1999 organizó el primer taller de Bert Hellinger, haciendo conocer de esta manera este enfoque en nuestro país. En seguida despertó mucho interés y fue bien acogido. Desde entonces el método de las Constelaciones Familiares se ha introducido en la oferta terapéutica dentro de España. Siguiendo la demanda se han creado varias escuelas que ofrecen formación para asegurar la calidad de este trabajo, tan joven todavía y en proceso de desarrollo. Como no existe una normativa que regule el trabajo con las Constelaciones Familiares, existe un número cada vez mayor de personas que ofrecen talleres o incluso formación. Recomiendo mirar bien el currículo del terapeuta, tanto respecto a su formación profesional como a su experiencia con este método particular, y escuchar las referencias de otras personas, antes de tomar la decisión de participar en un taller o en una formación.
© Peter Bourquin, marzo 2007
www.ecos.web.com
Bert Hellinger
Visionario, charlatán, chamán, filósofo, liberal, neoconservador, son los adjetivos que se le adjudican a Bert Hellinger (Stuttgart, Alemania, 1925) y a su controvertida terapia sistémica transgeneracional, mejor conocida como Constelaciones Familiares. Este tema puede generar incredulidad, escepticismo, o un diálogo razonado que despierte el interés acerca de la forma en que la propia familia acostumbra relacionarse y de las circunstancias trágicas o desagradables que “curiosamente” se han repetido en ella a lo largo de una o varias generaciones.
Para entender las Constelaciones Familiares y cómo Hellinger llegó a desarrollar esta terapia (que él actualmente no define como tal sino como filosofía de vida), es necesario revisar su biografía porque va de la mano de los sucesos y de las corrientes de pensamiento que marcaron el siglo XX. Extraños hilos y complicadas tramas escogieron las Parcas para tejer su vida y labrar su destino. Nació en una familia católica que rechazaba el nazismo. Por sus constantes faltas a las reuniones de las juventudes nazis fue catalogado por la Gestapo como “sospechoso de ser enemigo del Pueblo”. A pesar de ello, Hellinger se vio obligado a luchar en el frente: cayó preso y quedó recluido en un campo de concentración belga al final de la segunda guerra mundial. A los 20 años ingresó en una orden religiosa misionera que lo envió a vivir a África con los zulúes quienes, através de sus ritos y costumbres, le mostraron la necesidad fundamentalde los humanos de estar en armonía con las fuerzas de la naturaleza.
En ese lugar también se relacionó con los misioneros anglicanos y con su trabajo basado en dinámicas de grupos,que posteriormente le serviría para visualizar los vínculos sistémicosque rigen las relaciones humanas de cualquier tipo y cómo, a partir de ellas, el individuo bloquea o potencia sus capacidades personales.
En esa época una pregunta de un misionero anglicano constituyó un parteaguas en la vida de Hellinger, convirtiéndose a la postre en el hilo conductor de su relación con las personas, las ideologías y su práctica profesional, que desarrolló como el concepto fundamental para comprender el trabajo de las Constelaciones Familiares: “¿Qué es más importante para ti, tus ideales o las personas?, ¿a cuál sacrificarías por el otro?”. La fuerza contenida en la pregunta no es cualquier cosa, implica la elección que nos vemos obligados a hacer en los momentos fundamentales de la existencia: ¿a quién debo ser más fiel, al ser humano y en consecuencia a la humanidad, o a las creencias del grupo o sociedad a que pertenezco? La respuesta evidentemente no es sencilla. Muchas veces, al optar por la persona se es señalado y hasta expulsado del sistema familiar o social por haber roto sus reglas por esa elección. Es más fácil quedarse callado, volver la mirada y seguir contando con la protección del grupo, aun a costa de las propias convicciones. Para Hellinger un ejemplo claro de esto fue la opción de los alemanes por la ideología nazi, no por la humanidad. El infernal resultado lo vivió en carne propia.
Después de 16 años de convivencia con los zulúes, Hellinger fue enviado a Viena a dirigir una escuela de su orden religiosa. Ahí comenzó a entrenarse como psicoanalista y decidió dejar los hábitos para tener mayor libertad de pensamiento y acción. En Viena se entreveraron nuevos hilos que cambiaron el color y la textura de su vida. Al final de sus estudios volvió a vivir la experiencia de tener que elegir entre sujetarse a las reglas y la forma de pensar de una institución o romper con ellas para seguir su propio camino. Su analista le regaló un libro, intrascendente para él, asombroso para Hellinger: Primal Scream Therapy, de Arthur Janov. Sus profesores no le permitieron hacer su examen profesional por estar basado en el trabajo de este autor: “No salí de una Iglesia para entrar a otra”, dijo Bert y se marchó a Estados Unidos con su esposa Herta.
Ahí, además de trabajar con Janov, entró encontacto con las nuevas corrientes psicoterapéuticas: Gestalt, Análisis Transaccional, Terapia Familiar, Hipnoterapia, de Contención, Terapia Provocativa, Programación Neurolingüística, y con los escritos de los psicoanalistas Jacob Moreno e Ivan Boszormenyi-Nagy, que lo nutrieron y a partir de todo lo cual dio forma a su teoría de las Constelaciones Familiares: la importancia de la jerarquía en las familias, las lealtades invisibles entre los miembros de un sistema familiar, la necesidad entre ellos de un balance entre el dar y el tomar, y cómo actúan determinadas “huellas” del pasado en las nuevas generaciones. Por otro lado, destaca la importancia de situar al consultante (para las Constelaciones no se trata de un “paciente” porque no es un enfermo, sino alguien que consulta) en el aquí y el ahora para que pueda trabajar con sus propios recursos y tome sus propias decisiones con respecto a sus problemas.
LOS HILOS INVISIBLES
Las Constelaciones Familiares no tienen que ver con la astrología. Son llamadas así por analogía con la imagen que nos dan las constelaciones estelares y su agrupación como parte de un sistema dinámico en continua interacción y evolución. Igualmente, los seres humanos somos parte de constelaciones que comienzan en la familia y se van ampliando a otros grupos humanos. El trabajo de Constelaciones Familiares se aplica en el nivel individual o grupal y busca restablecer lo que Hellinger llama “los órdenes del amor” en los sistemas. Estos órdenes son el conjunto de leyes naturales, familiares y sociales que rigen el funcionamiento de los núcleos humanos. La trasgresión de los órdenes ocasiona conflictos internos que llegan a manifestarse como patologías individuales o grupales que repercuten en las generaciones sucesivas.
En este enfoque sistémico el individuo es un elemento del grupo que aparece como punta de una pirámide de muchos seres humanos que han sido indispensables para su existencia y que, al mismo tiempo, sigue enriqueciendo al sistema ya existente con cada nuevo vínculo que establece. De esta forma, los sistemas familiares vinculados con otros sistemas familiares llegan a constituir clanes, grupos, comunidades, sociedades y naciones. Cada uno de ellos con virtudes, pero también obstruidos por conflictos que se van tejiendo, ocasionando enredos sistémicos a lo largo de los años.
En una sesión de Constelaciones participan, además del terapeuta, el consultante y desde 15 hasta 100 o más personas. El consultante expone al terapeuta su tema: dificultades con su pareja, con sus padres, problemas económicos, de salud física o mental, etcétera. Éste le formula preguntas relacionadas con su árbol genealógico que le dan pistas para saber dónde se encuentra el enredo sistémico y, cuando considera tener la suficiente información, pide al consultante que escoja entre el público a personas que representen a los miembros de su familia mencionados en su tema, e incluso a él mismo. El consultante coloca a estas personas en el lugar y en la dirección que intuitivamente siente. Luego el terapeuta les pide a los representantes que digan cómo se sienten.
Este momento es el que mucha gente confunde con magia o esoterismo porque los representantes comienzan a sentir las emociones y los dolores físicos que tienen o tuvieron las personas vivas o muertas a quienes están representando. No hay tal magia. Esto tiene una explicación científica. Si las ondas energéticas que hacen funcionar los celulares o cualquier aparato inalámbrico fueran visibles, estaríamos viendo continuamente un bosque de líneas de todas formas y colores. La energía, como el viento, está ahí, pero no la vemos. De la misma manera los científicos han estudiado los campos mórficos que acompañan al ADN, materia original de todo ser vivo. Los campos actúan de forma electromagnética para ordenar al adn que se convierta en un ser vivo específico. El ADN es la materia y el campo mórfico la energía. Ambos, valga decirlo, están vivos y cuentan con información que se transmite a los descendientes. El ADN conforma los rasgos físicos, los campos mórficos los psíquicos.
Cada ser humano lleva en sí mismo toda la información física (ADN) y psíquica (campo mórfico) de sus ancestros impresa en los genes y en el inconsciente colectivo familiar: por eso puede transmitirse de generación en generación. El paquete hereditario contiene no sólo el color de piel, la altura, etcétera, sino las habilidades, los gustos e intereses y también las tendencias depresivas, obsesivas o neuróticas de algún antepasado. De la misma manera, los conflictos o pérdidas dolorosas que una generación no resuelve pasan a la siguiente generación, la cual intentará, incluso de manera inconsciente, solucionarlos. Si no son resueltos, seguirán manifestándose en forma de enfermedades, destinos trágicos, trastornos psíquicos y físicos y comportamientos conflictivos.
Lo mismo sucede en los sistemas social y laboral. Si las decisiones políticas o empresariales no son justas, la exclusión y el descontento se convierten en resentimiento social o laboral. También en esos ámbitos es necesario buscar el origen de los enredos sistémicos, para restablecer el equilibrio.
Cada ser vivo tiene su propio campo mórfico y es en éste donde el “representante” se sitúa al “encarnar” a alguien en una sesión. Las investigaciones están en etapa temprana pero aun así han servido para explicar fenómenos evidentes que hasta ahora carecían de bases científicas para explicarlos. Igual ha sucedido siempre con los fenómenos esotéricos o mágicos.Lo son hasta que se descubren los procesos científicos que los hacen posibles.
Volviendo a la sesión de Constelaciones, la ubicación de los representantes y las sensaciones que reportan según el lugar donde son situados, sirven al terapeuta para ir haciendo los movimientos necesarios para encontrar los vínculos de amor y dolor que unen a las familias, pudiendo salir a la luz sus razones y secretos, hasta que aparece con claridad una imagen de solución que ayuda a esclarecer el tema del consultante. En ese momento los representantes reportan sentirse mejor y el consultante en paz.
Las Constelaciones no resuelven nada en sí, sólo proporcionan al consultante una visión más amplia y diferente del enredo sistémico que origina sus conflictos. Las decisiones posteriores acerca de lo que hará con la imagen de solución percibida corren por cuenta exclusiva del consultante.
EL TAPIZ INCONCLUSO
El ser humano vive en constante oscilación entre dos fuerzas opuestas que rigen su vida: por un lado su grupo familiar, social o laboral y, por otro, su propia individualidad. El proceso terapéutico de las Constelaciones Familiares tiene como uno de sus fines principales ayudar a equilibrar esta tensión, al permitir a la persona estar en concordancia con los sistemas en que se desenvuelve su vida y, al mismo tiempo, experimentar la libertad de elegir su propio camino.
Hellinger es el primero en reconocer que con Constelaciones Familiares no ha descubierto algo nuevo, pero es obvio que, cuando se trata de lo humano, la suma de las partes potencia los resultados. Así, esta psicoterapia tiene nuevas características que dan resultados diferentes a las anteriores. De la voluntad de cambio del consultante y de la preparación profesional del psicoterapeuta (en ese orden) depende que los resultados sean mejores o peores.
14 sept 2010
El oficio de traducir el lenguaje de los muñecos.
A veces hablo a mis alumnos sobre el debate que un día nos trajimos Peter Bourquin y servidora a propósito de si los muñecos lloraban o no. Lo cierto es que no sólo los veo llorar sino también sonreír y, no sé muy bien cómo sucede ni porqué, pero estoy convencida de que los muñecos hablan cuando se les escucha, mejor aún sin preguntarles, simplemente abiertos a la historia que tengan que contarnos.
Antes de entrar en faena me gustaría aclarar que, cuando hablo de muñecos, me refiero a un conjunto de figuras con un aspecto más o menos humano y cuyo tamaño permita su despliegue en una mesa de despacho o en una superficie similar. Aunque yo trabajo habitualmente con un set de playmobil, a veces he utilizado otro tipo de elementos como piezas de ajedrez a las que he añadido ojos de plastilina. También conozco terapeutas que trabajan con muñecos de madera, réplicas de personajes de Disney e incluso un mix de figuritas de porcelana. Para mí lo fundamental es que resulte fácil distinguir la orientación de su mirada y que su expresión sea más o menos neutra para que las proyecciones que se den a través de ellos tengan suficientes grados de libertad.
Los muñecos son una herramienta y una técnica.
Una herramienta es un mecanismo, objeto o conjunto de ellos que puede utilizarse para realizar una tarea o trabajo. Con el tiempo he llegado a considerar los muñecos como mi principal herramienta de trabajo, pues los utilizo frecuentemente como recurso tanto en las sesiones individuales de constelaciones familiares como en los procesos terapéuticos que facilito. Nunca me había dado cuenta de la gran utilidad de un martillo hasta el día que tuve que colgar un tapiz en el nuevo despacho que habíamos alquilado mi socia y yo, sin disponer de uno. Ninguno de los objetos que tenía a mi alcance podían compararse: el zapato no ejercía la suficiente presión, la grapadora era difícil de asir sin lastimarse los dedos y la esculturita de la entrada me pareció demasiado frágil para intentarlo. Finalmente lo conseguí con una piedra que busqué en el parque del barrio, aunque tardé más tiempo del que había previsto y hube de lamentar algunos daños en la pared y en mis dedos, lo que posiblemente me habría evitado si hubiera utilizado un martillo. Con el debido respeto hacia mis muñecos, para mí son un poco como un martillo: hay otros objetos y técnicas que me permitirían llevar a cabo los procesos que facilito con los muñecos, sin embargo me resultarían menos eficaces y me darían más problemas. Tendría que utilizar más recursos, más tiempo y energía, y posiblemente no alcanzaría los mismos resultados que obtengo con los muñecos.
Aludiendo a la misma comparación, igual que un martillo o una llave inglesa son sumamente útiles, también es cierto que no sirven para todo y además pueden provocar daño y destrozos si se utilizan de manera inadecuada. Si bien los muñecos me permiten técnicamente optimizar mis recursos y los del contexto terapéutico de una sesión clínica o de asesoramiento, no los utilizo para todo ni en cualquier ocasión. De la misma forma, sigo un procedimiento sistemático que me ofrezca ciertas garantías acerca de los efectos que pueda tener su uso sobre el bienestar del cliente y sobre el mío propio. Como toda herramienta, el uso que se haga de ella y los resultados que se obtengan dependen tanto del objetivo o tarea para la que se emplee como de la actitud de quien la maneja. Es cierto que la habilidad o pericia se adquiere con la práctica: Sin embargo, personas con poca experiencia en una técnica pueden realizar excelentes trabajos con la misma pues el cuidado y respeto que se tenga al proceder será lo que garantice o facilite unos buenos resultados.
Por último subrayar que, al tratarse de una herramienta, los muñecos no constituyen un marco teórico por sí mismos. Su utilización requiere un encuadre terapéutico previo que dependerá del bagaje y de la elección del terapeuta. Ese enfoque, además de aportar una serie de recursos, guiará el objetivo a plantear y la estrategia a seguir. En mi caso, me apoyo en un marco ecléctico donde a una formación académica inicial, de corte básicamente cognitivista, se han ido añadiendo elementos teóricos y prácticos tomados de distintas escuelas, tradiciones y disciplinas. Entre ellas destacaría, además del marco de los Órdenes del Amor de Hellinger, los provenientes de la logoterapia de Frankl, del constructivismo de Kelly y de la terapia breve estratégica desarrollada a partir del trabajo de Erickson y maravillosamente divulgada por Haley y por Watzlawick.
Los muñecos me permiten realizar dos trabajos complementarios.
Con los muñecos trabajo en dos contextos diferentes y complementarios. Por una parte son el principal recurso que utilizo a la hora de encarar una sesión individual de constelaciones familiares. Aunque hay otras técnicas para ello, como los anclajes o las visualizaciones, la táctica de utilizar los muñecos como representantes del sistema que el cliente necesita constelar es, si a priori no hay circunstancias que me hagan decidir otra cosa, la primera de las opciones que elijo. Por otra parte, hay muchos terapeutas que utilizan muñecos en su trabajo cotidiano tanto con niños como con adultos. Las figuras antropomórficas son un recurso terapéutico habitual para facilitar diferentes procesos en el contexto clínico. Las figuras que representan distintos miembros de la familia (abuelos, padres, hijos) se utilizan frecuentemente como instrumento proyectivo para evaluar conflictos interpersonales pendientes. Distintos objetos y elementos (dibujos, almohadas, telas, figuras…) permiten tanto la exteriorización de aspectos inconscientes como la escenificación de sucesos emocionales que necesitan ser procesados y asimilados. También los muñecos pueden facilitar la tarea de reformular problemas, preocupaciones o aspectos cotidianos estresantes. De la misma manera, a través de los muñecos, se puede facilitar la rememoración de sueños y el trabajo con ellos así como el ensayo conductual o rol-playing. De hecho, antes de conocer la técnica de las Constelaciones Familiares y el marco terapéutico-existencial de los Órdenes del Amor, solía utilizarlos en la fase de valoración clínica para hacerme una idea de las dinámicas relacionales (alianzas, triadas, conflictos, juegos, mitos, introyecciones…) del sistema familiar del cliente.
En una sesión individual de constelaciones familiares tengo en cuenta si la persona que acude ha participado previamente en un taller grupal o no. Las razones por las que un cliente acude a una sesión individual son muy diversas. Algunas personas sienten que por su forma de ser o por el problema a plantear se sentirían coartadas ante otros participantes. También puede que el cliente tenga dificultades personales para hablar o participar en un grupo. En alguna ocasión, me han hecho referencia a malas experiencias previas en talleres grupales (por ejemplo, una mujer me comentó que durante su constelación ocurrieron hechos que el constelador no pudo contener; en otra ocasión un hombre me dijo que le había afectado tanto participar como representante que no había podido acudir al trabajo la semana posterior pues tardó varios días recuperarse; y más de una persona me han comentado que el constelador les había “regañado” por llorar durante una representación). Otros motivos para solicitar una sesión individual en vez de acudir a un taller grupal es no poder disponer de tiempo en fin de semana, sentir curiosidad por probar otra modalidad de trabajo, por recomendación de un amigo o de su terapeuta, para asegurarse que puede hacer su constelación, etc.
En el caso que la persona haya asistido previamente a un taller grupal le explico que es un trabajo similar pero que en vez de personas los muñecos actuarán como representantes. En general con esta explicación es suficiente.
En el caso contrario, introduzco el trabajo comentando que a través de una escenificación con los muñecos es más fácil ver aspectos ocultos o que no se han considerado previamente y que pueden estar afectando a la cuestión o problema que plantea de alguna manera. La mayoría de las personas no pone reparos a la hora de utilizar los muñecos, es más, muchas veces la tarea de elegir, colocar y observarlos les resulta una actividad gratificante y con la que se implican fácilmente.
Los procesos terapéuticos que facilito suelen tener una frecuencia semanal durante los primeros tres o seis meses y posteriormente quincenal. Este tipo de trabajo terapéutico suele iniciarse con una intervención en crisis, tras la que generalmente se plantea la necesidad de reformular la identidad (mejora del autoconcepto), de explorar narrativas alternativas (remetaforización o cambio en el guión de vida) y de construir un proyecto de vida significativo. El acompañamiento terapéutico puede prolongarse hasta tres o cuatro años aunque la duración media es de dos años. Durante este tipo de procesos puedo utilizar los muñecos ocasionalmente, aunque no siempre, en distintas fases y con distintos objetivos: evaluación inicial, valoración de necesidades, como elemento explicativo, para potenciar la capacidad empática, para entrenar la asertividad, para reformular los conflictos o problemas referidos, etc. Tampoco en este contexto suelo encontrarme oposición o resistencia al uso de los muñecos durante la sesión. Todo lo contrario, es frecuente que los clientes me demanden hacer un trabajo con ellos o refieran que hace tiempo que no los utilizamos. Alguna vez, al sugerir utilizar los muñecos de nuevo tras un trabajo previo con ellos, el cliente ha expresado temor o inquietud pues la experiencia había sido más intensa de lo que había esperado (¡no conviene subestimar el factor sorpresa de esta herramienta con apariencia naíf!).
Trabajar con muñecos es como jugar al billar a tres bandas
Muchas son las metáforas que utilizo para explicar la esencia del trabajo con muñecos y su método. A veces me comparo con un fontanero que desatasca tuberías y limpia conductos, otras como el presentador de un circo de tres pistas que explicita los distintos números acrobáticos con redoble de tambor incluido. A veces lo comparo con una partida de ajedrez en la que ambos “contrincantes” buscan que gane el mismo jugador: el cliente. También he hecho referencia en alguna ocasión a la labor del tramoyista, quien prepara el escenario, en contraposición a la del guionista o a la del director de escena, pues considero que ese papel no es el que debe ejercer el terapeuta o facilitador aunque a veces se sienta tentado. O, incluso, me gusta la imagen del zahorí buscando los tesoros y recursos de la persona y de su sistema, esos que permanecen ocultos para sí misma hasta que puede contemplarlos a través de nuestra “varilla de sauce” particular: los muñecos.
Entre todas las imágenes hay una con la que disfruto especialmente por la amplitud de sus significaciones y es la del billar. Cuando un cliente me pregunta sobre el efecto de un trabajo con muñecos sobre otros miembros de su familia, suelo referirme al juego del billar: uno sólo puede tocar su bola, pero cada vez que lo hace cambia la disposición de las bolas en la mesa y afecta de una u otra forma al desarrollo del juego.
Particularmente, el billar francés o a tres bandas es un juego para dos participantes en el que se utilizan tres bolas (por lo general blanca para un jugador, amarilla para el otro y roja para la segunda bola objetivo). Consiste en golpear tu propia bola de manera que golpee las otras dos cumpliendo la condición de que toque al menos tres veces una o más bandas antes de tocar la segunda bola contraria. De la misma manera siento que, al disponer de una imagen configurada con muñecos, el cliente, las figuras y yo debemos dialogar a través de un continuo proceso de evocación y resonancia donde cada observación, cada verbalización y cada movimiento afecta y repercute en la tres “bolas”. Cuando una persona configura una imagen con los muñecos comienza un diálogo continuo entre tres interlocutores. Primero pregunto al cliente qué evoca la imagen para él, al tiempo que me dejo sentir lo que la imagen me transmite a mí. Generalmente la imagen trae a la memoria y a la conciencia del cliente unos aspectos o elementos y a la mía otros distintos. Es frecuente que haya algunos en común: significados encontrados a partir de un lenguaje verbal y corporal compartido (dos muñecos que se miran entre sí pueden sugerirnos a ambos que los personajes sienten atracción); elementos de una misma cultura y un determinado contexto socio-histórico (por ejemplo, si el muñeco elegido para representar al hermano es un hombre vestido de Robin Hood, a ambos nos puede venir el recuerdo de la película “El halcón y la flecha”); símbolos y arquetipos del inconsciente colectivo (si la imagen, para ambos, hace alusión al mito de Atenea como hija del padre o al arquetipo de la amazona como mujer que no se ata a un hombre); incluso sucesos o vivencias semejantes que nos permiten encontrar un reflejo en el otro (por ejemplo si ambos compartimos la experiencia de ser el mayor de varios hermanos). Cuando escucho lo que el cliente siente ante la imagen se produce un efecto en mí y en lo que la imagen me evoca. De la misma manera, cuando yo explicito algo que observo en la configuración, mis palabras tienen una resonancia en el cliente y en su imagen interna. Por último, ante cualquier intervención por mínima que sea (por ejemplo cuando se hace algún cambio en la configuración, o le pido al cliente que introduzca un personaje que antes no estaba, o le indico que repita una frase sanadora), se producen cambios en los elementos implicados y, a veces, en la imagen global. Generalmente estos cambios son percibidos tanto por el cliente como por mí y tienen una resonancia en los muñecos, de manera que lo evocado por la nueva imagen difiere de lo evocado por la anterior. A veces, este efecto tiene una repercusión tan intensa que incluso personas que nunca habían trabajado antes con esta técnica refieren espontáneamente dicho cambio: “parece que mi representante está más fuerte”, “siento que mi padre me sonríe”, “es como si los muñecos se hubieran relajado al oírlo”…
Este proceso de evocación y resonancia se da de manera simultánea en los tres interlocutores: cliente, muñecos y terapeuta. Por eso creo que lo más importante, y lo más difícil, de esta técnica es estar en contacto continuo con todas las imágenes, reminiscencias, ecos y significaciones que aparecen creándose, cambiando, expandiéndose y volviéndose a trasformar en un proceso abierto, dinámico y continuo a muchos niveles. Por ello es imprescindible recogerlo en varios momentos del trabajo de forma que comprobemos que el cliente, los muñecos y nosotros como terapeutas nos encontremos con imágenes y estados vivenciales cercanos o con aspectos compartidos. Por muy claro que veamos que los muñecos están “pidiendo” un cambio en su disposición, si el cliente no lo percibe debemos esperar hasta que la imagen, nuestras observaciones o las sugerencias que le hagamos tengan eco en él. De esta manera podrá sentir el movimiento o cambio como algo natural y necesario, ya que en su propio proceso de evocación y resonancia ha llegado a percibir lo que la situación previa estaba indicando y que requerían los personajes implicados para sentirse mejor. Así el cambio, sin estar impuesto unilateralmente, adquiere sentido para el cliente en el marco de su propia imagen de solución.
Trabajando con muñecos debemos tener en cuenta, al menos, cuatro dimensiones.
Lo cierto es que no sabría definir exactamente esa cuarta dimensión pues en ella podríamos incluir la dimensión temporal, la dada por la metaposición de observador externo del sistema o incluso, como algunas voces de las terapias alternativas dictan, podría tratarse de la dimensión espiritual.
Los muñecos en el espacio de trabajo permiten reflejar de manera visual y sincrónica, en un momento dado, los Órdenes del Amor explicitados por Hellinger. Así, que un miembro del sistema del cliente se encuentre representado o no por un muñeco en la primera imagen que configure, puede darnos pistas sobre si este miembro está excluido o no. Además, las tres primeras dimensiones espaciales (longitud, anchura y profundidad) tienen un correlato en las metáforas visuales del segundo orden o el de jerarquía. En el set de playmobil que utilizo, la altura de los muñecos representa la edad: las figuras más altas suelen ser escogidas para representar adultos y las más bajas pera representar niños. Esta diferencia de tamaño, de alguna manera también evoca el estatus de padre y el de hijo no emancipado. Respecto a la profundidad, y considerando la situación del cliente como referencia, generalmente las generaciones previas se colocan detrás, más lejos del cliente, que las generaciones actuales, más cerca del cliente en la mesa o espacio de trabajo. Así, entre distintos muñecos de igual tamaño, puede diferenciarse quién es padre de quién cuando una figura se encuentra detrás de otra. En caso contrario, si el muñeco que representa al padre es un niño y el que representa al hijo es un adulto o bien, si ambos están representados por figuras adultas, pero el hijo se sitúa detrás del padre, podemos suponer que existe un desorden en cuanto a los órdenes de jerarquía y de intercambio o compensación. La figura adulta o que se sitúa detrás suele evocar la idea de un personaje que da, mientras que la figura más pequeña o que se encuentra situada delante puede remitirnos a la imagen de alguien que recibe o toma más.
Respecto a la “anchura”, y también tomando como referente la situación del cliente que observa su sistema configurado, podemos imaginar una serie de líneas paralelas que cruzan el espacio de trabajo desde el lado izquierdo hasta el derecho. Así, las figuras que se encuentran en una misma línea generacional pueden estar “ordenadas jerárquicamente” si las que representan a los miembros que llegaron antes al sistema se encuentran a la izquierda (visto desde el cliente) y las que llegaron después se van colocando hacia la derecha. Es decir, si consideramos la mesa o superficie donde colocamos los muñecos como un libro, el cliente sería el lector y necesitaría mirar de izquierda a derecha para que la secuencia de signos tuviera sentido. Por el contrario, si tomamos como referencia la situación del muñeco o representante, el que llega antes debería tener a su izquierda, al “lado de su corazón”, a los que llegan después.
Al mismo tiempo, tanto el terapeuta como el cliente se encuentran observando la configuración desde fuera del espacio representado por la mesa de trabajo. Así que nuestra mirada desde el exterior implica una cuarta dimensión donde debemos tener en cuenta varios aspectos fundamentales. Si bien se considera que una constelación es una representación atemporal de una dinámica sistémica subyacente, el cliente se encuentra viviendo un momento muy determinado de su vida y de su proceso por lo que previsiblemente dicha configuración será distinta si se realiza en otro momento. Además se añade el hecho de que el sistema familiar es fundamentalmente dinámico: los miembros nacen, mueren, cambian de estatus y cambian la manera en que se relacionan entre ellos y también en que se relacionan con la conciencia y el alma de su sistema. Por supuesto no sólo los sistemas lo hacen, también las personas cambiamos a lo largo del tiempo a través de nuestro crecimiento y desarrollo. Cambian nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestras prioridades y creamos o participamos en otros sistemas además del de la familia de origen. Como he comentado previamente, cambia nuestra forma de relacionarnos con los miembros de nuestro sistema de origen y con la conciencia y el alma familiar, pero también cambia la forma en que nos relacionamos con nuestra propia conciencia y nuestra propia alma. No en vano comenta Hellinger la necesidad de perder la inocencia y asumir nuestra propia culpa para poder crecer y ser adultos. Todo esto debemos tenerlo en cuenta a la hora de buscar una imagen de solución con el cliente: ¿En qué momento se encuentra? ¿Coincide su realidad cotidiana con sus necesidades? ¿Distingue deseos de necesidades? ¿Cuál es su proyecto de vida? ¿Ha asentido ya a su sistema? ¿Y a su destino? ¿Cómo se relaciona con su culpa? ¿Y con su alma? ¿Cuál es el paso que más le cuesta dar en este momento? ¿Coincide con el que necesita dar? ¿Nos estamos saltando alguno previo?
Por otra parte, nuestra situación vital como terapeutas y como personas también está afectando desde esa cuarta dimensión. No creo que podamos ser neutros ni siquiera apoyándonos en los Órdenes del Amor y de la Ayuda. Ni siquiera considero que sea un requisito o una aspiración el hecho de que nuestro momento no afecte al trabajo (todo depende de cómo afecte). Recuerdo que en una de las promociones de mi curso de muñecos no hacía más que hablar de la renuncia. No es de extrañar que coincidiera con una etapa en la que, a partir de un taller de Stephan Hausner que disfruté especialmente, todo lo solucionaba con “renunciar a lo que no me dieron” y a “lo que no soy”. Curiosamente en la siguiente promoción apenas hablé de la renuncia y todo parecía centrarse en la necesidad de “incluir la parte del cliente que no nos necesita como terapeutas” (supongo que tenía que ver con mi necesidad de integrar los Órdenes de la Ayuda en mi práctica cotidiana). Hace poco trabajé con una mujer que había perdido a su hija de seis años y durante la sesión me sentí afectada de una manera que en otras ocasiones similares no he vivido. Puede que se debiera a que mi segunda hija acababa de cumplirlos o a que nuestro benjamín nos dio un buen susto recientemente, el caso es que se me llenaron los ojos de lágrimas y trabajé en un estado emocional muy intenso. No siento que esto perjudicara la constelación, más bien facilitó el trabajo pues pude resonar de una manera muy especial con el dolor y también con la imagen de solución.
Por último, creo que el sistema es más grande que el cliente y su voluntad y, por supuesto, que el terapeuta y su habilidad. En muchas ocasiones siento que la herramienta no son tanto mis muñecos como el cliente o yo misma, y que el alma del sistema nos “está utilizando” para honrar a un excluido, dar paz a un muerto o señalar la necesidad de que tanto dolor no sea en vano…
Cinco contextos adicionales en los que los muñecos también resultan útiles.
Además de los dos usos comentados previamente, constelar en sesión individual y como recurso durante el proceso terapéutico, los muñecos constituyen una herramienta especialmente versátil dentro de otros contextos de asesoramiento sistémico. La versatilidad de los muñecos en este sentido tiene que ver con lo práctico que resulta disponer de ellos: son muchos, fáciles de transportar y siempre “dispuestos” a trabajar. Así la posibilidad de contar con representantes para configurar un sistema o un asunto se amplía significativamente. Permiten repetir un mismo escenario en diferentes momentos o sesiones de manera que distintas personas puedan ver la imagen creada por otros (los padres pueden ver la del hijo, un supervisor la realizada por un cliente del terapeuta supervisado, etc.). También posibilitan tener a mano representantes cuando se acude a una sesión fuera del despacho o de la consulta. Por ejemplo, puedes llevarlos al aula o a la sala de profesores, incluso ¡a un café! (más de una vez los camareros del Barbieri se quedaron boquiabiertos ante la mesa llena de muñecos, aquellas tardes de domingo en las que mis primeros alumnos y yo quedábamos para discutir sobre sistémica e improvisar supervisiones…). Finalmente, señalar que los muñecos permiten ampliar la imagen o duplicarla según conveniencia. Puedes contar con suficientes muñecos en un set para comparar visual y simultáneamente dos situaciones (familia de origen y familia actual, relación con los hermanos y relación con los compañeros del trabajo, dos grupos de alumnos…) o para representar un sistema muy amplio (recuerdo la ocasión en que representamos una Unidad de Memoria que contaba con dos geriatras, una neuróloga, una neuropsicóloga, un psiquiatra, tres enfermeros, dos auxiliares, pacientes ingresados, pacientes ambulatorios, familiares de los pacientes, un becario de investigación y cuatro alumnas en prácticas, el hospital donde se encontraba y hasta la facultad de medicina con la que se vinculaba).
En ocasiones un padre, una madre o ambos acuden a mi consulta para planearme una dificultad concreta de su hijo: no comer, tener miedo, presentar dificultades para relacionarse con compañeros de su edad, etc. En estos casos suelo utilizar un protocolo de actuación que consiste básicamente en tres sesiones independientes, con un intervalo entre ellas de una semana o dos como mucho. A la primera acude la persona que ha hecho la demanda, en ocasiones acompañada por el otro progenitor. Esta primera sesión la dedico a concretar la demanda y valorar el contexto familiar y sistémico a través de una entrevista abierta y de la realización del genograma. También pido que representen la situación con los muñecos y a partir del trabajo les doy pautas que suelen tener que ver con su relación entre ellos y/o con el hijo. En la segunda sesión veo al niño. Como los padres tienen que traerlo a consulta aprovecho para indagar sobre como van las cosas. Luego, tras contactar con el niño y preguntarle si está de acuerdo, les pido que nos dejen una hora a solas. Durante este tiempo hablo con el niño, le pregunto su opinión sobre porqué están preocupados sus padres y si hay algo que le preocupe a él. Luego jugamos con los muñecos. A partir de las imágenes creadas a lo largo del trabajo observo las similitudes y diferencias con la visión de los padres. A veces, también doy pautas al niño que suelen tener que ver con los Órdenes en la familia o bien con el fenómeno de la intención paradójica (generalmente la prescripción del síntoma u otras intervenciones estratégicas semejantes). Por último, le pido permiso para mostrarlo a los padres en la siguiente sesión. Esto es lo que hago en la tercera sesión, represento con los muñecos la configuración que el niño realizó conmigo de manera que los padres puedan ampliar su imagen. Esto suele tener el efecto de que la demanda inicial queda reformulada y que la validez de las pautas se confirma o, por el contrario, es necesario revisarlas ampliándolas o modificándolas.
En el contexto educativo los muñecos pueden resultar enormemente útiles. Sin necesidad de constelar ni de hacer una intervención clínica propiamente dicha, lo muñecos permiten explorar, ejemplificar, explicar y plantear actuaciones y dinámicas alternativas. Mi experiencia con este recurso técnico en mi labor como orientadora ha sido muy gratificante e instructiva. Con los profesores, el uso de esta herramienta me facilitó enormemente a la hora de asesorar sobre distintas posibilidades de actuación ante un niño con dificultades o un grupo conflictivo. También los utilicé para explicar a un maestro lo que le ocurría a un alumno en relación a su familia o en relación a sus compañeros. Ocasionalmente empleé los muñecos en las tutorías con los padres, bien para valorar su visión sobre un asunto, bien para transmitir una realidad vivida por su hijo en el contexto escolar. Llegué a sacarlos en alguna de las entrevistas que mantenía con los propios alumnos a demanda del tutor o suya propia. Como conclusión general puedo comentar que los muñecos me permitieron acceder a múltiples e interesantes imágenes de una realidad compleja y que me facilitó trabajar desde un enfoque sistémico sin necesidad de utilizar terminología o conceptos ajenos a las personas para las que trabajaba.
En relación al ámbito educativo y a la labor de asesoramiento familiar se ha producido un fenómeno curioso en mi consulta y es que cada vez llegan más adolescentes con la idea de hacer una sesión “de muñecos”. Llegan por mandato de los padres o por recomendación de un profesor o de algún compañero o amigo que ya ha asistido previamente a mi consulta. Supongo que el hecho de que a priori sólo se plantee una sesión y que la utilización de “muñecos” les resulta algo curioso, llamativo o incluso esotérico (siempre recordaré la ocasión en que una chica se sentó y me dijo: “vengo a que me eches los muñecos”), hace que se animen a pedir una cita. Dudas vocacionales, dificultades con los amigos y conflictos familiares (generalmente relacionados con la “culpa de crecer”) son los temas más frecuentes. El poder verse a sí mismos y su situación a través de los muñecos suele resultarles muy ilustrativo y habitualmente no necesitan más. En algunas ocasiones repiten después de varios meses, pudiendo comprobar ambos, el cliente y yo, los cambios producidos desde la primera vez.
Cuando me consultan sobre temas organizacionales o laborales suelo emplear los mismos muñecos que para una sesión individual de constelaciones, aunque existe un set de figuras abstractas cuya “validez aparente” a la hora de realizar una sesión con un directivo o un equipo de trabajo es mayor que el de las figuras “click”. Ya que este contexto es especialidad de mi compañera Marta Ocampo y que algunos de nuestros antiguos alumnos, especial mención a Carlos Surroca, me dan “sopa con hondas” en este ámbito, sólo puedo añadir que este instrumento resulta enormemente efectivo a la hora de realizar un diagnóstico de la situación empresarial o institucional y de transmitir las posibles actuaciones para incrementar el bienestar organizacional y optimizar su funcionamiento y recursos.
Por el contrario, al llegar al contexto de la supervisión me encantaría poder contemplar, con detalle y en profundidad, todas las posibilidades que propician los muñecos en este ámbito. Sin embargo, me temo que “factores espacio-temporales” hacen más recomendable que me limite a subrayar la ayuda que ofrecen los muñecos como recurso práctico en el contexto de la supervisión (asesoramiento profesional en el que un terapeuta consulta a otros sobre sus casos clínicos con el fin seguir mejorando en su labor). Ésta es una actividad que me apasiona y en la que, por una de esas sorpresas que da la vida, he terminado especializándome como tutora de posgrado de la UNED. Quizás porque siempre me costaba ser supervisada durante los varios años que estuve de terapeuta en el Servicio de Psicología Aplicada de la universidad, quizás porque en más de una ocasión mis compañeros han sufrido mi vehemencia crítica, he buscado un lugar cómodo para mí: algo más parecido a estar de “participante de un videoforum” que como “vigilante de un gremio”. Es en este ámbito donde más “jugo” saco a mis muñecos, tanto a la hora de ofrecer supervisión clínica como de constelaciones. Esta herramienta permite ofrecer al supervisor la imagen del caso sin necesidad de contar extensamente los detalles o pormenores. Además permite situar una figura para el terapeuta de manera que se observe su posicionamiento ante el cliente, pueda descubrir su “punto ciego” y encuentre un lugar de fuerza para trabajar con él. También permite explorar el transcurso de una constelación (cómo se configuró, qué movimientos hicieron los representantes, qué efecto tuvieron las intervenciones del constelador, etc.). Facilita el indagar sistémicamente aspectos del cliente que no está teniendo en cuenta el terapeuta y también permite buscar intervenciones alternativas teniendo en cuenta los posibles efectos a través del proceso de evocación y resonancia comentado previamente. Por último, y quizás lo más importante, permite ejemplificar los Órdenes de la Ayuda, resolviendo visualmente las posibles dificultades del terapeuta a la hora de posicionarse ante un caso o cliente. Esta manera de plantear la supervisión suele prevenir una dinámica peligrosa: intervenciones por parte del supervisor que puedan resultar excesivamente críticas, paternalistas o técnicas y que provoquen una reacción defensiva con respuestas de justificación o resistencia por parte del terapeuta, perdiendo así la oportunidad, para supervisores y supervisados, de seguir aprendiendo sobre el sentido de nuestra labor y de seguir cuestionándonos constructivamente como profesionales de la ayuda y como seres humanos.
Los tercetos del soneto.
Cuando empecé a escribir este artículo me copié los versos de Lope de Vega al comienzo del documento, aquellos de: “Un soneto me manda hacer Violante,/ que en mi vida me he visto en tanto aprieto…”. De manera que, una vez que tuve la estructura elaborada, me animaba leyéndolos y comparando los epígrafes del artículo con las rimas del “Soneto de repente”: ¿estaré en “burla burlando van los tres delante” o habré llegado ya a “la mitad del otro cuarteto”? Como suelo pecar de ambiciosa,la estructura inicial contemplaba diez aspectos que me resultaban importantes o sugerentes a la hora de utilizar esta herramienta. Por otra parte, también suele resultar habitual que las circunstancias me obliguen a ser práctica y a hacer pactos con la realidad, por lo que en determinado momento decidí posponer los tercetos para mejor ocasión y centrarme en una “primera mano” de cinco dedos.
Ya que, finalmente, este artículo se reduce a los aspectos del trabajo con muñecos que han aparecido en una “primera ronda”, unos cuantos temas se han quedado en el tintero. Tal y como suelo recomendar a mis alumnos a la hora de encarar una sesión con muñecos, me he guardado alguna que otra carta bajo la manga. De este modo, si terminara “echando una segunda mano”, me quedaría por contar desde los seis casos prácticos para ejemplificar el procedimiento hasta las diez sugerencias bibliográficas que se me antojan imprescindibles sobre el tema, pasando quizás por preguntas frecuentes de los alumnos y por similitudes y diferencias de constelar con personas o con muñecos. Y, como astutamente condensaba Michael Ende: “esa es otra historia, que deberá ser contada en otra ocasión”.
© María Colodrón Sánchez 2009
Publicado en Ecos Boletín nº25
Septiembre 2009
13 sept 2010
¿Dónde están las monedas?
De Joan Garriga
En una noche cualquiera, una persona, de la que no sabemos si es un hombre o una mujer, tuvo un sueño. Es un sueño que todos tenemos alguna vez. Esta persona soñó que en sus manos recibía unas cuantas monedas de sus padres. No sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, cientos, una docena o aún menos. Tampoco sabemos de qué metal estaban hechas, si eran de oro, plata, bronce, hierro o quizá de barro.
Mientras soñaba que sus padres le entregaban estas monedas, sintió espontáneamente una sensación de calor en su pecho. Quedó invadida por un alborozo sereno y alegre. Estaba contenta, se llenó de ternura y durmió plácidamente el resto de la noche.
Cuando despertó a la mañana siguiente, la sensación de placidez y satisfacción persistía. Entonces, decidió caminar hacia la casa de sus padres. Y, cuando llegó, mirándolos a los ojos, les dijo:
— Esta noche habéis venido en sueños y me habéis dado unas cuantas monedas en mis manos. No recuerdo si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué metal estaban hechas, si eran monedas de un metal precioso o no. Pero no importa, porque me siento plena y contenta. Y vengo a deciros gracias, son suficientes, son las monedas que necesito y las que merezco. Así que las tomo con gusto porque vienen de vosotros. Con ellas seré capaz de recorrer mi propio camino.
Al oír esto, los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, se sintieron aún más grandes y generosos. En su interior sintieron que aún podían seguir dando a su hijo, porque la capacidad de recibir amplifica la grandeza y el deseo de dar. Así, dijeron:
— Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único y personal. Son para ti.
Entonces este hijo se sintió también grande y pleno. Se percibió completo y rico y pudo dejar en paz la casa de sus padres. A medida que se alejaba, sus pies se apoyaban firmes sobre la tierra y andaba con fuerza. Su cuerpo también estaba bien asentado en la tierra y ante sus ojos se abría un camino claro y un horizonte esperanzador.
Mientras recorría el camino de la vida, encontró distintas personas con las que caminaba lado a lado. Se acompañaban durante un trecho, a veces más largo o más corto, otras veces estaban con él durante toda la vida. Eran sus socios, sus amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores e incluso sus adversarios. En general, el camino resultaba sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.
De vez en cuando esta persona volvía la vista atrás hacia sus padres y recordaba con gratitud las monedas recibidas. Y cuando observaba el transcurso de su vida, miraba a sus hijos o recordaba todo lo conseguido en el ámbito personal, familiar, profesional, social o espiritual, aparecía la imagen de sus padres y se daba cuenta de que todo aquello había sido posible gracias a lo recibido de ellos y que con su éxito y logros les honraba.
Se decía a sí mismo: «No hay mejor fertilizante que los propios orígenes», y entonces su pecho volvía a llenarse con la misma sensación expansiva que le había embargado la noche que soñó que recibía las monedas.
Sin embargo, en otra noche cualquiera, otra persona tuvo el mismo sueño, ya que tarde o temprano todos llegamos a tener este sueño. Venían sus padres y en sus manos le entregaban unas cuantas monedas. En este caso tampoco sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, unos cientos, una docena o aún menos. No sabemos de qué metal estaban hechas, si de oro, plata, bronce, hierro o quizás de barro…
Al soñar que recibía en sus manos las monedas de sus padres sintió espontáneamente un pellizco de incomodidad. La persona quedó invadida por una agria inquietud, por una sensación de tormento en el pecho y un lacerante malestar. Durmió llena de agitación lo que quedaba de noche mientras se revolvía encrespada entre las sábanas.
Al despertar, aún agitada, sentía un fastidio que parecía enfado y enojo, pero que también tenía algo de queja y resentimiento. Quizá lo que más reinaba en ella era la confusión y su cara era el rostro del sufrimiento y de la disconformidad. Llena de furia y con un ligero tinte de vergüenza, decidió caminar hacia la casa de sus padres.
Al llegar allí, mirándolos de soslayo les dijo:
— Esta noche habéis venido en sueño y me habéis dado unas cuantas monedas. No sé si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué material estaban hechas, si eran de un metal precioso o no. No importa, porque me siento vacía, lastimada y herida. Vengo a decirles que vuestras monedas no son buenas ni suficientes. No son las monedas que necesito ni son las que merezco ni las que me corresponden. Así que no las quiero y no las tomo, aunque procedan de ustedes y me lleguen a través vuestro. Con ellas mi camino sería demasiado pesado o demasiado triste de recorrer y no lograría ir lejos. Andaré sin vuestras monedas.
Y los padres que, como todos los padres, empequeñecen y sufren cuando no tienen el reconocimiento de sus hijos, aún se hicieron más pequeños. Se retiraron, disminuidos y tristes, al interior de la casa. Con desazón y congoja comprendieron que todavía podían dar menos a este hijo porque ante la dificultad para tomar y recibir, la grandeza y el deseo de dar se hacen pequeñas y languidecen. Guardaron silencio, confiando en que, con el paso del tiempo y la sabiduría que trae consigo la vida, quizá se pudieran llegar a enderezar los rumbos fallidos del hijo.
Es extraño lo que ocurrió a continuación. Después de haber pronunciado estas palabras ante los padres en respuesta a su sueño, este hijo se sintió impetuosamente fuerte, más fuerte que nunca. Se trataba de una fuerza extraordinaria. Se había encarnado en él la fuerza feroz, empecinada y hercúlea que surge de la oposición a los hechos y a las personas. No era una fuerza genuina y auténtica como la que resulta del asentimiento a los hechos y que está en consonancia con los avatares de la vida, pero la fuerza era intensa.
Sin ninguna serenidad interior, aquella persona abandonó la casa de los padres diciéndose a sí misma:
— Nunca más.
Impetuosamente fuerte, pero también vacía, huérfana y necesitada, aún queriéndolo y deseándolo, no lograba alcanzar la paz.
A medida que la persona se alejaba de la casa de sus padres sentía que sus pies se elevaban unos centímetros por encima de la tierra y que su cuerpo, un tanto flotante, no podía caerse por su propio peso real. Pero lo más relevante ocurría en sus ojos: los abría de una manera tan particular que parecía que miraba siempre lo mismo, un horizonte fijo y estático.
La persona desarrolló una sensibilidad especial. Así, cuando encontraba a alguien a lo largo de su camino, sobre todo si era del sexo opuesto, esta sensibilidad le hacía contemplarlo con una enorme esperanza, la que, sin darse cuenta le llevaba a preguntarse:
— ¿Será esta persona la que tiene la monedas que merezco, necesito y me corresponden, las monedas que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será esta la persona que tiene aquello que merezco?
Si la respuesta que se daba a sí misma era afirmativa, resultaba fantástico. A esto, algunos lo denominan enamoramiento. En esos momentos sentía que todo era maravilloso. No obstante, cuando el enamoramiento acababa convirtiéndose en una relación y la relación duraba lo suficiente, la persona generalmente descubría que el otro no tenía lo que le faltaba, aquellas monedas que no había tomado de sus padres.
— ¡Qué pena!, se decía y se quejaba amargamente de su mala suerte, culpando al destino de ello.
A esto lo llaman desengaño y esta persona se sentía sometida a un tormento emocional que tomaba la forma de desesperación, desazón, crisis, turbulencia, enfado, frustración…
Por suerte, o no, en este momento podía estar esperando a un hijo y la desazón se volvía más dulce y esperanzadora, más atemperada. Entonces la pregunta volvía a su inconsciente:
— ¿Será este hijo que espero, tan bien amado, quien tiene las monedas que merezco, que necesito y que me corresponden y que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será este ser el que tiene aquello que merezco?
Cuando se contestaba de nuevo que sí, era maravilloso, formidable y empezaba a sentir un vínculo especial con ese hijo, un vínculo asombroso, muy estrecho, lleno de expectativas y anhelos.
Pero si pasa el tiempo suficiente la mayoría de los hijos desean tener una vida propia y saben que tienen propósitos de vida propios e independientes de sus padres. Entonces, aunque aman a sus padres y desean hacer lo mejor para ellos, la presión de tener vida propia resulta exigente, imperiosa y tan arrolladora como la sexualidad.
Así es como, de nuevo, esta persona comprende un día que tampoco su hijo tiene las monedas que necesita, merece y le corresponden. Sintiéndose más vacía, huérfana y desorientada que nunca entra en crisis y desesperación. Enferma. Ahora tiene entre 40 y 50 años, la fase media de la vida. Ahora ningún argumento la sostiene ya, ninguna razón la calma. Es su “cata-crac” y grita:
— ¡A Y U D A!
¡Hay tanta urgencia en su tono de voz! ¡Su rostro está tan desencajado! Nada la calma, nada puede sostenerla.
Y… ¿qué hace? Va al terapeuta.
El terapeuta la recibe pronto, la mira profunda y pausadamente y le dice:
— Yo no tengo las monedas.
Hay dos clases de terapeutas: los que piensan que tienen las monedas y los que saben que no las tienen.
El terapeuta ha visto en sus ojos que sigue buscando las monedas en el lugar equivocado y que le encantaría equivocarse de nuevo. El terapeuta sabe que las personas quieren cambiar, pero les cuesta dar su brazo a torcer, no tanto por dignidad sino por tozudez y costumbre.
Él piensa: “Amo y respeto mejor a mis pacientes cuando puedo hacerlo con sus padres y con su realidad tal como es. Los ayudo cuando soy amigo de las monedas que les tocan, sean las que sean.”
El terapeuta añade: “Yo no tengo las monedas pero sé dónde están y podemos trabajar juntos para que también tú descubras dónde están, cómo ir hacia ellas y tomarlas.”
Entonces el terapeuta trabaja con la persona y le enseña que durante muchos años ha tenido un problema de visión, un problema óptico, un problema de perspectiva. Ha tenido dificultades para ver claramente. Sólo se trata de eso.
El terapeuta le ayuda a reenfocar y a modular su mirada, a percibir la realidad de otra manera, desde una perspectiva más clara, más centrada y más abierta a los propósitos de la vida. Una manera menos dependiente de los deseos personales del pequeño yo que trata de gobernarnos.
Un día, mientras espera a su paciente, el terapeuta piensa que está listo y que debe decirle, por fin y claramente, dónde están las monedas. Y este mismo día, como por arte de birlibirloque, llega el paciente. Tiene otro color de piel, las facciones de su rostro se han suavizado y comparte su descubrimiento:
— Sé dónde están las monedas. Siguen con mis padres.
Primero solloza, luego llora abiertamente. Después surge el alivio, la paz y la sensación de calor en el pecho. ¡Por fin!
Durante el trabajo terapéutico ha atravesado las purulencias de sus heridas, ha madurado en su proceso emocional y ha reenfocado su visión. Ahora se dirige de nuevo, como lo hizo hace tantos años atrás a la casa de sus padres.
Los mira a los ojos y les dice:
— Vengo a deciros que estos últimos diez, veinte o treinta años de mi vida he tenido un problema de visión, un asunto óptico. No veía claramente y lo siento. Ahora puedo ver y vengo a deciros que aquellas monedas que recibí de vosotros en sueños son las mejores monedas posibles para mi. Son suficientes y son las monedas que me corresponden. Son las monedas que merezco y las adecuadas para que pueda seguir. Vengo a daros las gracias. Las tomo con gusto porque vienen de vosotros y con ellas puedo seguir andando mi propio camino.
Ahora los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, vuelven a florecer y el amor y la generosidad fluyen de nuevo con facilidad. Así el hijo ahora es plenamente hijo, porque puede tomar y recibir.
Los padres le miran sonrientes, con ternura y contestan:
— Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único, propio y personal, para ti. Puedes tener una vida plena.
Ahora este hijo se siente grande y pleno. Se percibe completo y rico y puede, por fin, dejar la casa de los padres con paz. A medida que se aleja siente sus pies firmes pisando el suelo con fuerza, su cuerpo también está asentado en la tierra y sus ojos miran hacia un camino claro y un horizonte esperanzador.
Resulta extraño: ha perdido esa fuerza impetuosa que se nutría del resentimiento, del victimismo o del exceso de conformidad. Ahora tiene una fuerza simple y tranquila, una fuerza natural.
Recorriendo el camino de su vida encontraba con frecuencia otra personas con las que caminaba lado a lado como acompañantes durante un techo, a veces largo, a veces corto, a veces durante toda la vida. Socios, amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores, incluso adversarios. En general se trataba de un camino sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y con su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.
Un día se acercó a la persona de la que se enamoró pensando que tenía las monedas y también le dijo:
— “Durante mucho tiempo he tenido un problema de visión y ahora que veo claro te digo: Lo siento, fue demasiado lo que esperé. Fueron demasiadas expectativas y sé que esto fue una carga demasiado grande para ti y ahora lo asumo. Me doy cuenta y te libero. Así el amor que nos tuvimos puede seguir fluyendo. Gracias. Ahora tengo mis propias monedas.”
Otro día va a sus hijos y les dice:
— Podéis tomar todas las monedas de mi, porque yo soy una persona rica y completa. Ahora que he tomado las mías de mis padres. Entonces los hijos se tranquilizan y se hacen pequeños respecto a él y están libres para seguir su propio camino tomando sus propias monedas.
Al final de su largo camino se sienta y mira aún más allá. Hace un repaso a la vida vivida, a lo amado y a lo sufrido, a lo construido y a lo maltrecho. A todo y a todos logra darles un buen lugar en su alma. Los acoge con dulzura y piensa:
— Todo tiene su momento en el vivir: el momento de llegar, el momento de permanecer y el momento de partir. Una mitad de la vida es para subir la montaña y gritar a los cuatro viento: “Existo”. Y la otra mitad es para el descenso hacia la luminosa nada, donde todo es desprenderse, alegrase y celebrar.
La vida tiene sus asuntos y sus ritmos sin dejar de ser el sueño que soñamos.
12 sept 2010
Entrevista a Joan Garriga
| Constelaciones Familiares |
Entrevista a Joan Garriga |
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BIBLIOGRAFÍA DE BERT HELLINGER:
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es psicólogo y psicoterapeuta gestáltico. En su trabajo integra la Terapia Gestalt, la PNL, la psicología de los Eneatipos y la Terapia Integrativa desarrollada por Claudio Naranjo (de quién es discípulo y colaborador en los programas SAT) y el abordaje Ericksoniano. Desde 1999 trabaja con Constelaciones Familiares y Organizacionales despues de haber invitado a Bert Hellinger a presentar su trabajo en España. Dirige el Institut Gestalt de Barcelona (Verdi, 94 bajos) junto a Vicens Olivé y Mireia Darder y colabora asiduamente en actividades terapeuticas y formativas en otros centros y programas de España y Latinoamérica.